TOPO

No se había distraído. Tenía que salir, pero siempre había tomado la precaución de no descuidar sus cosas. Se había ausentado solo un momento (para comprar mandarinas) y al volver se encontraba con una sorpresa: alguien había revisado sus enseres, sin permiso por supuesto (pero también sin ningún disimulo). Ese alguien había colocado encima de sus cosas el rótulo: TOPO (en letras de molde). Sería porque las carpetas grandes contenían dibujos (vistas de la ciudad) y la carpeta pequeña fichas perfectamente estructuradas y ordenadas alfabéticamente. Tal coherencia debía resultar sospechosa en sí misma pues a la vista estaba que no se habían molestado en comprobar en detalle el contenido (ni habrían tenido tiempo para hacerlo). La palabra topo estaba escrita, o más que escrita colocada, para que se viera. O mejor todavía, para que la viera el interesado. Era el sistema para atemorizar, pues no tenía otro objeto que el de informar de que algo o alguien está sobre ti. Topo no estaría aquí, necesariamente, por el significado evidente que tiene: mamífero placentario de vista atrofiada, ni por el metafórico que le solemos dar: persona infiltrada subrepticiamente en algún ente con objeto de informar a otro ente o influir a su favor. Simplemente es una palabra corta y cómoda de manejo. En este contexto esta o cualquiera otra palabra estaría diciendo: sabemos quién eres y te vigilamos… La sensación no era nueva pero sí, una vez más, intranquilizante. Y las mandarinas estaban todavía un poco ácidas.