Siempre había creído (aunque no puedo decir por qué) que mi abuelo había ido a Pamplona para hacer el servicio militar y que el viaje, desde las llanuras manchegas donde estaba su pueblo, lo había hecho andando. Ese viaje me parecía una proeza insólita, prescindir de los medios de transporte relativamente cómodos, que ya existían en su tiempo, era para mí una excentricidad admirable. Luego supe que mi abuelo nunca había hecho el servicio militar, que se había librado por ser el hermano más pequeño de una familia de muchos hermanos que ya habían cumplido sobradamente con la patria, alguno de ellos incluso en la guerra de Cuba.