En nuestro mundo infantil, reducido a dos o tres calles y alguna salida esporádica un poco más lejos, no existían muchas cosas. No existía la depresión por ejemplo, aunque alguna vez te sintieras triste aparentemente sin motivo. Tampoco existían la bipolaridad o la esquizofrenia, aunque uno de los personajes del barrio fuera Emilia la loca. No existía la pintura acrílica, ni la témpera, y las barritas de cera no eran pinturas sino supositorios. Tampoco existía el norte o el sur aunque el sol aparecía por un extremo de tu calle y caía por el otro y en la enciclopedia escolar había un dibujo en el que un niño plantado sobre una brújula indicaba la posición adecuada para situar el norte abriendo los brazos, el derecho hacia el sol naciente y el izquierdo hacia poniente. Existían otras ciudades porque había un equipo de fútbol con su nombre: Sevilla, Madrid, Bilbao… pero nunca se iba a ellas ni se sabía cómo o por dónde se iría. Mucho menos existían otros países. Puede ser que hubieras visto alguna vez un sello con el nombre de Bélgica, Marruecos, Uruguay o Brasil, incluso que oyeras alguna noticia sobre Hungría, pero tampoco sabías dónde quedaban esos lugares. No existían tampoco en nuestro mundo ni Darwin ni Marx ni Freud, aunque sí sonaron alguna vez Durruti, La Pasionaria o los maquis. En algún momento apareció la palabra “histeria” referida principalmente a las mujeres. Tal vez aquel hermano lego que en el colegio ejercía de médico-enfermero, dispuesto siempre a aplicar los primeros auxilios en cualquier dolencia, había leído ya algo relacionado con el tema, aunque su comentario sonaba prejuicioso: quien quiera que fuera el histérico, hombre o mujer, tendría siempre un rasgo feminoide y se hablaría de ello despectivamente.